Rodrigo amaneció como cualquier otro día acomodándose en la cama y sin ganas de sacar el auto que su padre, mañana tras mañana le pedía estacionar frente a la casa. Ya casi en automático el joven se movía como si fuese típico hacer la labor de forma inconsciente. Saludo a su perro Forfus agitando sus grandes orejas con cariño para después conectar la cadena de la puerta corrediza con su pechera.
—Ojalá se te haya pasado el malestar Forfus, ya vi que me dejaste dos plastas de tamaño colosal junto a la puerta del auto —dio una palmada en su bigote y luego se alejó de él para buscar las llaves del portón.
Forfus quien había estado sobre sus cuatro patas se sentó poniendo expresión seria, esperando a que el joven sacará el auto del garaje. Cuando Rodrigo encontró las llaves las agitó para hacerle saber a Forfus que se alejara del auto, porque pronto el humo de este estaría cerca suyo. Colgó las llaves en la puerta del garaje y recordó que debía recoger primero las heces de su mascota. Forfus se estiró bostezando al ver que Rodrigo regresaba a colocar sus desperdicios en el saco de la basura.
—Andas boludo Forfus, seguro por andar de baboso ladrando a los gatos del techo en la madrugada —se acercó una ultima vez a su perro y le dio una palmada en la cabeza.
Se dirigió al portón para quitar los candados y abrirlo de par en par. No le tomó mucho tiempo colocar el auto debajo de la sombra del árbol grande junto a su casa, lugar donde a su padre le gustaba dejarlo cubierto del Sol. Rodrigo quería mover a Forfus de donde estaba y situarlo junto al tanque de agua para que éste se recostara debajo del recipiente, pero justo antes de acercarse al perro su madre le llamó para pedirle comprar dos huevos para el desayuno. El joven se acercó corriendo a la cocina donde recibió de su madre el dinero. Rodrigo sabia que en la mañana el camino a la tienda era fresco, libre de autos y personas, por lo que fue despacio al salir de casa para disfrutar del viento.
Al llegar al final de la acera se preparo para cruzar en caso de algún conductor vespertino, mientras veía hacia la derecha notó un bulto negro en la orilla de la acera. No tardo más de medio segundo en darse cuenta de que era el cadáver de un zanate. Paso por su mente enterrarlo al otro lado de la calle en un área verde, pero no tenia tiempo para eso al menos no ahora que la imagen del delicioso huevo revuelto estaba en su cabeza. Asi que simplemente cruzo la calle dejándose dominar por las ansias del desayuno.
Saludo cordialmente a la señora vendedora para luego pedirle amablemente le vendiera dos huevos y de paso aprovecho para pedir una galleta de avena. Ya habiendo cumplido se dio la vuelta tomando el mismo camino de regreso. Esta vez pudo notar con mayor claridad como el cadáver del zanate parecía tener el cuello torcido de forma antinatural, le dio mucha incomodidad verlo así, pero el hambre le ganaba a sus ganas de trascender su humanidad hacia otra especie. Decidió pasar de largo y dejar la incomodidad para alguien con tiempo libre.
De repente un zanate descendió desde el tendido eléctrico sobre la cabeza del chico hasta el borde de la acera con el asfalto. Hizo el típico giro de cuello para poder observar al humano que estaba punto de pasar a su lado. Rodrigo vio de reojo al zanate sin detenerse casi con la intención de hacerse el ciego, sin embargo cuando pasó a su lado no pudo contenerse.
—Debes tener tiempo libre, hay uno de los tuyos muerto está girando por la esquina de esta acera, quizás deberías sacarlo de ahí —señaló con su mano desocupada hacia la dirección del cuerpo.
—¿Y? —mantuvo su mirada sin voltear— no es mi asunto que este muerto.
—Pues no, —volteó para verlo de frente y con tono prepotente continuó— pero siendo un zanate igual que vos deberías llevarlo mínimo a la otra acera para que no esté ahí tirado.
—Dejó de ser uno de nosotros al dejar de respirar, pero podría considerar arrastrarlo a la calle —se acercó observando la bolsa de compras— si sueltas esa bolsa, así en un rato dejaría de ser un zanate para vos también.
—¡Tu zanatal madre entonces! —pateó con fuerza con intención de darle al zanate, pero éste esquivando el puntapié voló despavorido.
Estaba indignado con la forma de ser del zanate tanto que al entrar a su casa cerró con tremendo portazo. Forfus se percató por lo que se levantó rápidamente a ver que pasaba. Su madre gritó con fuerza y molesta por estruendo preguntó para saber a qué se debía tanta rabia. Rodrigo argumento diciendo estar molesto por no encontrar reposterías en la tienda. Antes de que pudiese entrar a dejar los huevos Rodrigo suspiró sacando su enojo.
—¿Intentaste convencer a otro zanate? —esperó su respuesta rascando su oreja.
—Sí, —colocó su mirada en Forfus mostrando desánimo— ya comprobé que de luto sólo tienen el pico, el oportunista quería los huevos.
—Para algunos los muertos no son relevantes —hizo una pausa para lamerse los huevos— deberías acostumbrarte a la idea.


No hay comentarios:
Publicar un comentario