Y allí estaba él cruzando el puente que conectaba el pueblo con aquel castillo en el mar. La noche era singular con las diversas luces de distintas lunas pintando el cielo con un amarillo cálido y misterioso. La estructura de este distaba de la forma típica de un castillo normal, pues su exterior parecía mas bien un entramado de enormes ramas gruesas de color carmesí que superaban por varios metros el alto del techo mas elevado del poblado.
Ya frente al castillo Honeil tocó la puerta esperando impaciente le abriese el conde Flarer, sin embargo quien abrió fue su criado ofreciéndole una mirada soñolienta por la hora de la visita.
—Mil disculpas ¿Se encuentra el Conde Flarer despierto? —preguntó presuroso Honeil.
—¡Que descaro de venir a estas horas! —dijo el criado molesto sin subir la voz para no despertar al conde— váyase y venga mañana más temprano —cerró la puerta sin dejar a Honeil explicarse.
Este angustiado se alejó un poco de la puerta y llamó al conde gritando a todo pulmón hacia la habitación de él en la cima de la estructura. El criado ya estaba por guardar las llaves de la puerta principal cuando de repente bajando las escaleras en espiral se apareció el conde Flarer frente a él.
—Te había dicho que esperaba a alguien esta noche —dijo sin variar el tono serio de su voz— dame las llaves.
—Lo lamento mi señor —entregó las llaves en sus manos y le acompaño hasta la puerta— supuse que esperaba a alguien importante.
—Esta persona es importante —dijo girando el picaporte— ahora vete, tengo que atenderlo.
El conde abrió la puerta y justo allí estaba Honeil de pie en el puente tomando aire para lanzar otro grito a su habitación. El conde Flarer lo detuvo y le invitó a pasar hasta la azotea de su estrambótico castillo donde tenia un terraza muy extensa con dos sillas contiguas ambas viendo en dirección al poblado.
—Toma asiento por favor señalando la silla del lado derecho —dijo el conde Flarer— discúlpame por el trato el mayordomo se pone muy quisquilloso con las visitas nocturnas.
—Conde Flarer no le quiero hacer perder el tiempo —dijo colocando sus brazos sobre el borde de la terraza— y teniendo en cuenta la hora a la que accedió atenderme pretendo ser breve —dijo sin perder de vista un segundo la mirada del pueblo.
—No le has dicho a tus vecinos sobre lo que te comenté —colocó también sus manos sobre el borde de la terraza un poco alejado de Honeil— ¿verdad?
—No tienen idea de lo que sucederá... —puso su mano derecha sobre su frente muy preocupado— eso me aterra.
—Aún quedan tres horas antes de que la planta los consuma —prendió su mano en fuego azul con un chasquido—. Luego de eso será muy tarde para escapar —hizo otro chasquido con su mano encendida haciendo que la llama se apagara.
—¿Por qué nos tiene piedad? —giró su vista hacia el conde con intensidad profunda en su mirada— Si tu criatura ha consumido ciudades completas. ¿Piensa que salvándonos hará mas apacible el remordimiento que lleva por matar a tantos inocentes? —bajó su mano de su frente y con fuerza golpeó la superficie donde apoyaba sus brazos.
—Honeil esto no es un acto de misericordia —se giró hacia él— si el Cinnabari consume la sangre de estos habitantes sus hojas no obtendrán el tono rojizo que las caracteriza. Hay algo en ellos que los hace diferentes y eso puede hacer un grave daño a mi planta.
—Aún advirtiéndoles estas personas no se irán sin pelear. ¡Son valientes y tenaces defenderán sus tierras con cada gota de su sangre! —dijo señalando enérgicamente varias veces hacia el pueblo.
—Podría hacer cenizas todas las casas desde esta altura Honeil —dijo acercándose hacia él con su mano derecha encendida— sin necesidad de presenciar una masacre antes del amanecer —giró dándole la espalda para apuntar con su mano hacia abajo donde estaban las casas—, pero en vez de eso elijo perdonarle la vida al nieto de mi maestro; darle la oportunidad de convertirse en héroe salvando su pueblo de una muerte violenta, pero él esta aquí —viéndolo por el rabillo del ojo derecho— justo frente a mí perdiendo el tiempo queriendo saber el motivo de mis actos.
Honeil se sorprende al saber el porqué el conde Flarer no había exterminado a los habitantes sabiendo que eran un riesgo para su Cinnabari. Luego de decir estas palabras apaga el fuego en su mano y se gira la vista hacia él.
—No socorreré a ningún habitante conde Flarer —encendió en fuego su mano izquierda deshaciendo parte del muro bajo de la terraza— si la sangre de mis vecinos puede herir al Cinnabari, entonces nadie morirá en vano —colocó su mano sobre su pecho haciendo después un salto hacia atrás.
El conde Flarer no había movido un músculo desde que Honeil mencionó que salvaría a nadie. Lo siguiente lo dejó mas perplejo aún porque no supuso un escenario como éste. Cuando se recuperó de la impresión saltó desde el mismo sitio, pero mientras caía vio como Honeil disparaba pequeñas llamas hacia nueve barriles flotando cerca del castillo. Cuando cayó al puente éste ya se estaba incendiando por las llamas que había lanzado Honeil. El conde Flarer mantenía su expresión serena, mientras que su oponente mostraba ansiedad, cómo si estuviese esperando algo con impaciencia.
—Tu abuelo siempre quiso que fueras alguien importante —dijo acercándose con ambas manos encendidas— ¿Qué clase de importancia te darán si dices estar dispuesto a sacrificar un pueblo completo?
—Conde Flarer... usted no entiende el concepto de héroe —dijo Honeil antes de abrir un agujero en el puente por el cual cayó al agua.
Aquellos barriles a los cuales Flarer estaba ignorando contenían pólvora suficiente para despertar al Cinnabari y estos explotaron logrando su cometido. Rápidamente desde la puerta principal se escuchó un grito desgarrador desde dentro del castillo, siendo el mayordomo el único que se encontraba dentro. El Cinnabari rápidamente extendió sus raíces por toda la costa destrozando el puente. El conde Flarer se defendió eficientemente de las inmensas raíces de la poderosa planta, pero la misma estaba tan descontrolada por las explosiones que hacía caso omiso a las ordenes del conde.
Fue cuestión de minutos para que la criatura atacara a las personas del poblado dejando caer sus pesadas raíces sobre las casas y extendiendo filosas ramas de gran grosor con espinas por las calles las cuales atravesaban a quien tomaran desprevenido o sin fuerzas para correr. El conde Flarer veía sin sorpresa lo que acontecía parado sobre una roca en el mar. Por dentro estaba lleno de ira contra si mismo por haber subestimado a aquel joven, por haberle perdonado la vida. De lo único que estaba seguro en ese momento era de que su criatura iba a morir cuando absorbiera la sangre pura del clan del fuego. Ahora su arma de conquista estaba a minutos de la muerte, sin embargo algo que sostenía en su bolsillo lo tranquilizaba era una pequeña hoja roja del Cinnabari la ultima que le quedaba.
Honeil sin embargo se encontraba aún bajo el agua nadando mar adentro emergiendo de vez en cuando para tomar aire y volviendo a sumergirse tan sólo para no tener la oportunidad de escuchar el sonido de la muerte proveniente del que hace pocas horas era su pueblo natal.


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